29/05/11

Chocolate

Sentí aroma a chocolate.
Y desperté.
-¿Hola?
Nadie contestó.
Caminé por el pasillo, traía mis pantuflas gigantes verdes de mostro.
-¿Hola?
El más absoluto silencio hizo que mis palabras rebotaran varias veces por los rincones de esa casona vieja.
Llegué a la cocina. Una enorme olla hervía sobre el fuego. Miré mi reflejo en el metal brillante y noté que traía un camisón color rosa resaltando mi inocencia.
Me acerqué, me paré sobre una silla de madera y me estiré para mirar el interior de la olla que despedía vapor. Fue ahí cuando el aire, repleto de un aroma delicioso y dulce, se apoderó de mí.
Miré a mi alrededor, y no parecía haber nadie. Supe de inmediato que estaba prohibido probar ese chocolate. Aunque exactamente no entendía por qué, pero lo sabía.
Se veía dulce, incapaz de hacerme daño, ¿por qué no me dejarían probarlo? Simplemente probarlo, una cucharada y lo dejaría ahí para siempre.
Me bajé de la silla. Los cuadros colgados en las habitaciones estaban llenos de rostros conocidos, pero extraños. No había absolutamente nadie y sin embargo sentía miradas acusantes.
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡Contesten! Estoy perdida, confundida… ¿Alguien puede señalarme el camino?
Escuché una burbuja de chocolate romperse dentro de la olla y no pude resistirme a volver. Sentía que me llamaba. Escalé la silla y tomé una cuchara de madera que estaba a mi alcance.
Nada de lo que haga puede cambiar por completo una vida, pensé. Mi ingenuidad me hizo sumergir plácidamente la cuchara en el chocolate derretido. La sensación mas traviesa invadió mi rostro creando una mueca de satisfacción reflejada en mi pícara, pero inocente sonrisa.
Sentí nuevamente ese aroma que me había despabilado, pero esta vez lo tenía cerca de mis labios. Sentía el calor que emanaba mucho antes de que hiciera contacto con mi piel. Cerré los ojos, nerviosa de que nadie me descubriera.
Vertí ese líquido que quería comenzar a solidificarse, dentro de mi pequeña boca, dejando rastros de él alrededor de mis labios. Estaba caliente, casi igual que mi lengua una vez que sintió su sabor.
Dejé la cuchara sobre la mesada y atiné a bajarme de la silla, pero no lo hice. Tomé otro delicioso sorbo.
A medida que se deslizaba por mi garganta y se apoderaba de todo mi cuerpo, tuve las sensaciones mas extrañas. De pronto no necesitaba la silla, ya que por cada sorbo mi tamaño aumentaba hasta tener la altura perfecta. Podía sujetar la cuchara con más precisión, y el chocolate parecía nunca acabarse. Tome otra cucharada, y otra, y otra ¡y otra mas!
De pronto, escuché un ruido, ¡Alguien había entrado! Pero no llegué a darme cuenta de eso, hasta que los vi tras de mi. Las personas de las fotos, conocidos pero extraños a la vez. Me miraban, me culpaban. Y yo no podía hacer nada para explicarme. La mesada estaba llena de chocolate al igual que mi boca y mi cuerpo. Estaba casi desnuda ya que mi camisón rosa se había roto cuando crecí, resaltando mi más perdida inocencia. Intentaba tapar la olla, y con mis manos, cubrir mis precoces pechos.
Las lágrimas saladas se mezclaban con el dulce chocolate de mi rostro, haciendo una combinación horrible. Me daba cuenta de que había hecho algo mal, no lo entendía del todo, pero sabía que estaba mal.
No debía habérmelo comido sin preguntar si podía hacerlo. Entendí que no tenía el mismo sabor que los otros dulces, esos que las niñas tenemos permitido comer. Esas golosinas no tenían mal sabor, pero nunca sentí lo mismo que con el chocolate. Las nenas como yo no debemos desobedecer.
La tristeza y arrepentimiento me hicieron caer de rodillas, estaba nuevamente mas abajo que los demás, mirando al suelo. Me tomaron del brazo y me arrastraron por el pasillo, dirigiéndose a mi habitación llena de muñecas, de la cual había despertado.
Veía como mi dulce chocolate quedaba atrás y yo no hacía nada por recuperarlo. Realmente me gustaba, lo quería. Y entendí entonces, que era lo que estaba mal.
Me solté de mis amarras y me puse de pie. El mundo se veía diferente desde esa altura, y al mirar atrás, mis conocidos extraños no se veían tan temibles. Aún así querían volver a sujetarme, esta vez con más fuerza y castigarme para que no lo volviera a hacer. Pero yo entendí, que no importaba el castigo que me pusieran, porque lo que hice, no fue una simple travesura.
Corrí con todas mis fuerzas, temiendo de que me atraparan y me encerraran, ya que nunca olvidaría lo vivido y no podían hacer nada para borrarlo de mi. Por eso corrí, corrí hacia lo que yo quería y una vez que estuve cerca, salté.
Cuando me despegué del suelo, ese que me ataba de soñar, mi cuerpo se sintió más ligero, y el tiempo llego a detenerse unos momentos. Mis manos se oscurecían, y una sensación de fluidez se esparcía por todo mi cuerpo.
Al caer dentro de la olla, comprendí. Me había convertido en chocolate. Yo era dulce chocolate, igual del que me había enamorado al primer sorbo.
Y ya no importaba si apagaban el fuego y el interior de la olla se solidificaba, no importaba si todo terminaba en la basura, no importaba nada.

Porque nada nos podría separar.