Siguiendo de frente a lo que le hacía mal. Seguía. Seguía. Peleaba. Se caía. Todos pensábamos que era en vano. Que no tenía sentido. Pero ella seguía… Los problemas también seguían. Pero yo no voy a renunciar. No me voy a ir, decía. Yo decía. No ella. Yo decía. Nadie escuchaba. Yo me caía. Nadie me ayudaba. Igual me levantaba sola y peleaba. Todos decían que sentido no tenía. En vano. Yo la veía y teníamos razón, era totalmente en vano. Todos sabíamos que nada se podía lograr. Que era tarde. Ya era tarde. Y seguía. Ella seguía. Yo la miraba. Si, yo la miraba y me reía. Me reía de su sonrisa, sus lamentos, sus zapatillas… de sus guantes y de sus orejas. De sus orejas colgaban aros plateados. Un par de aros plateados se encontraban en la cima de los triunfos. Aros que todos queríamos cruzar. Y ella también quería llegar a ellos. Pero nunca se daba cuenta que los llevaba puestos. Quiero superar todas las pruebas, pensaba, superar cada una de ellas y ser más fuerte cada día. Pero nadie cree en mí. Nadie confía. Y yo ya no se si confío en mi, decía.
Un día, me desperté y todos estábamos viendo al sol esconderse cuando apenas amanecía. La luz de la luna jugaba con sus ojos. De sus ojos salía una luz que se reflejaba en el espejo. Del espejo, ¡salía una luz! Era brillante y plateada. Plateados, eran los aros que quería cruzar. Que yo quería cruzar. Cruzaba, la campaña de los desiertos oscuros donde los oasis son recuerdos a los que hay que acudir para no perderse. Recuerdos felices de sentimientos perdidos de un amor distante. Distante en las sombras, un día escuchó los quejidos de un viajero errante; pero esa es otra historia de un tiempo pasado. Pasados los días de lluvia, las nubes se disipan al sentir que el sol vuelve a su trono para reinarnos con su luz. La luz. Esa luz que del espejo se reflejaba en mis ojos. Era brillante y plateada. Tan brillante que casi no me dejaba ver.
Ella pensaba que era mejor que nos fuéramos, que había que rendirnos. Porque ya era tarde. Decía, yo decía, que es mejor pelear, que nunca es tarde. Que no hay nada que no tenga una solución. Ella me lo refutaba. Nombraba, a cada uno de los que en sus manos habían muerto. Los nombro uno por uno: Superar las expectativas de los demás, tener amigos, conseguir el amor verdadero, estar rodeada de felicidad, sentirse satisfecha con sus logros, poder volar… Si, todos ellos estaban muertos, y al recordarlos, me di cuenta que tenía razón… Que yo tenía razón. Por eso mismo hay que seguir peleando hasta el final. Para alcanzar lo imposible. ¿Por qué, me contestó, jugar un juego que ya esta perdido? Y a su pregunta se le halló respuesta. Porque después de perderlo todo, sólo después, uno aprende a ganar. Ganar es lo que nos hace sentir bien. Bien, entonces, es ver cuando los otros pierden. Perder es lo que nos hace infelices. Infelices somos, cuando un amigo esta mal. Mal estamos cuando pretendemos ganarle a un amigo. Amigo… Es eso que ella no tuvo. No tuvo lo que ella no quiso. Quiso, pero tenía miedo. El miedo no nos tiene que alejar de la vida. Vida, es lo que uno obtiene al juntar el amor. Amor, es lo que yo nunca sentí. Sentimos, cuando tocamos el pasto, cuando el viento nos acaricia. Caricias, son la demostración de afecto que ella nunca pudo entender. Entendimos todos lo que pasaba cuando la vi a los ojos que se reflejaban en el espejo que reflejó la luz de la luna. La luz brillante y plateada como los aros que ella llevaba puestos y que sólo se conseguían al cruzar los desiertos cuyos oasis eran tus recuerdos felices, los cuales, ella nunca había tenido para abastecerse, como lo había hecho en las sombras aquel viajero errante de tiempos pasados, de días de lluvia donde el sol estaba ausente para darnos luz. Esa luz, en ese espejo. Esa luz que se había reflejado en sus ojos, de sus ojos al espejo, del espejo a los míos. A mis ojos. Y todos entendimos, aunque sea un poco, su sufrimiento. El sufrimiento de no conocer nada, la desesperación de querer saberlo todo. De querer superarse día a día para alcanzar algo que ya tenía y nunca lo había notado, simplemente por no mirar detenidamente el espejo.
Quiero superar todas las pruebas, pensaba, superar cada una de ellas y ser más fuerte cada día. Pero nadie cree en mí. Nadie confía. Y yo ya no se si confío en mi, decía. Me decía a mí. A mi misma me decía…